Un perro llamado Dolor
Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada la belleza…
(“La belleza”, L. E. Aute)
Mucho más conocido como músico y como artista plástico que como guionista y director de cine, Luis Eduardo Aute nos ofrece con Un perro llamado Dolor una película que fusiona todas estas inclinaciones artísticas en una obra inusual, que conmueve y despierta una profunda emoción estética con elementos sencillos y un cuidado tratamiento del lenguaje fílmico.
Más de cuatro mil dibujos hechos a mano por el propio Aute posteriormente fueron animados digitalmente para dar forma a este film que nos propone una emotiva mirada sobre los vínculos del artista con su modelo, en siete retratos enlazados por la mirada testigo de un perro.
Francisco de Goya, Salvador Dalí, Frida Kahlo, Diego Rivera, Julio Romero de Torres, Sergei Eisenstein, Pablo Picasso, Federico García Lorca, Orson Welles y Luis Buñuel, entre otros, son los protagonistas de estos relatos.

Esta “fantasía libertaria” con la que Aute homenajea a sus artistas más queridos también se constituye en reflexión sobre la libertad, el arte, el amor y la muerte, y tiene como materia prima fundante de cada plano el tratamiento temporal y plástico de la imagen.
Una película singular, plena de amor por el arte, que instala en nuestros corazones la belleza de un poético acto de resistencia contra la muerte…
Éste texto fue escrito para el programa de la proyección de Un perro llamado Dolor (Luis Eduardo Aute, 2001) en el ciclo de proyecciones organizado por la cátedra de Realización y Lenguaje Audiovisual en noviembre del año 2005 en el auditorio de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata.
Las nuevas TIC en Borges
Inicialmente se podría pensar que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) tal vez no preocuparon nunca a Jorge Luis Borges. Pero a casi 20 años de su muerte, podemos pensar que seguramente entrevió algo de lo que deparaba el futuro y encontraremos en su obra algunos trazos de ello:
“El treinta de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno.
-Lo evoco –dijo con una animación algo inexplicable- en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines…
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma.” [1]
Estos párrafos de uno de los relatos más conocidos de Borges, El Aleph, publicado originalmente en 1949, pueden leerse como una descripción de un amplio sector de la sociedad actual, que está permanentemente conectada al mundo de manera virtual por medio de las diversas innovaciones tecnológicas que han ido apareciendo desde que esas líneas fueron escritas hasta el presente.
Para el hombre actual las montañas de nuestros días que convergen sobre él lo hacen por medio de Internet, de las cadenas de televisión satelital, de los mass media. Diversidad de horarios, prontuarios y boletines son fácilmente accesibles en la world wide web (WWW). Las cámaras de video digitales nos permiten capturar el mundo en imágenes, con una PC hogareña podemos realizar una edición de calidad casi profesional, la variedad de reproductores de video, DVD, home theatres han hecho realidad el sueño del cinematógrafo personal…
Se puede hacer un paralelo entre el texto citado precedentemente y lo que escribe Ramonet en nuestros días:
La transmisión de datos a la velocidad de la luz; la digitalización de los textos, las imágenes y los sonidos; el recurso a los satélites de telecomunicaciones; la revolución de la telefonía; la generalización de la informática en la mayor parte de los sectores de la producción y de los servicios; la miniaturización de los ordenadores y su interconexión a escala planetaria han trastocado poco a poco el orden del mundo. [2]
Cuando Borges escribió:
“Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré (…)” [1]
no sabía que hoy en día esa multiplicidad de imágenes, textos, datos sería algo de todos los días. Haciendo zapping en un televisor con la programación de algún proveedor de señal satelital podríamos acercarnos a la visión del protagonista del relato.
Lo que tal vez no imaginó Borges es que las tecnologías brindarían esa convergencia de información sin necesidad de instalarse en una torre, aislado y rodeado de aparatos. Uno de los grandes impactos de la tecnología actual sobre las personas es que permite esa ubicuidad del aleph borgeano pero llevándola encima: los fonógrafos hoy son MP3 players del tamaño de un llavero, los teléfonos celulares - que caben en la palma de la mano- no sólo permiten hablar instantáneamente con alguien más en cualquier lugar del planeta sino que también permiten sacar fotografías y enviarlas, escribir y enviar un mensaje de correo electrónico, vincularse con algún sistema de GPS para obtener información del tránsito en la ciudad, por nombrar algunas de las aplicaciones más características (también podemos recibir las noticias, conocer el pronóstico del tiempo, operar con nuestra cuenta bancaria, ver una serie de TV, etc.).
Un peligro derivado de estas tecnologías es que esa ubicuidad de la información anule el pensamiento crítico. Se habla de
“[…] crear computadoras que filtren, clasifiquen, prioricen y manejen la multimedia por nosotros: computadoras que lean los diarios y miren televisión por nosotros, actuando como editores cuando se lo pedimos.” [3]
La facilidad con la que se accede a la información genera una sobrecarga cognitiva difícil de procesar, por lo que los poderes mundiales que tratan de bajar línea para homogeneizar (y controlar) las sociedades pueden encontrar muchos argumentos para impulsar el filtrado y clasificación de la información de manera automática. Cuando los mecanismos automáticos están creados por esos mismos poderes tenemos una sociedad que puede ser dirigida a donde sea más conveniente para los mercados y los dominadores del mundo.
Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación son herramienta de desarrollo y conocimiento usadas de manera apropiada. Pero cuando se hace un uso tendencioso de las mismas podemos compararlas con el monstruoso libro de arena de otro relato borgeano:
“Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.” [4]
- [Referencias:
- [1]“El Aleph” (Jorge Luis Borges)
- Editorial Alianza, Colección Obras Fundamentales, 1998.
- [2]“La tiranía de la comunicación” (Ignacio Ramonet)
- Editorial Debate, 1999.
- [3]“Ser Digital” (Nicholas Negroponte)
- Editorial Océano, 1995.
- [4]“El libro de arena” (Jorge Luis Borges)
- Editorial Alianza, Colección Obras Fundamentales, 1998.
[ Este texto fue escrito en octubre de 2005 como trabajo práctico final para el curso 2005 de Taller de Informática (profesor: Daniel Videla), en la carrera de Comunicación Audiovisual (Facultad de Bellas Artes, Universidad Nacional de La Plata) ]









